LA MUSA BAUDELAIREANA

Quieta pero en movimiento,

una vieja aguarda su bajada.

Con la mano desgastada …

se aferra allá donde puede.

Con la otra, dos bolsas y una muleta

la mantienen ocupada.

Huyendo de sus lamentos,

posa sus ojos de niña

sobre dos formas extrañas.

Solo espera una sonrisa,

o decorar su silencio

cruzando cuatro palabras.

Sin embargo, ni se inmutan.

Y una efigie de desprecio

le devuelve la mirada.

La viejita no desiste

y les dice unas palabras.

Cuando sin recibir nada,

los frenos dan su parada.

Y agarrada a la baranda,

con sus deformadas manos

y un esmalte corroído,

baja sin ser ayudada,

mientras los cuerpos ajenos

se esfuerzan para esquivarla.

Una vez puesta en la acera,

haciendo un último intento,

gira sus ojos de niña

y su desnuda sonrisa,

y, con la mano ocupada,

la levanta despidiendo

aquellas formas extrañas.

Una brecha de esperanza

va cediendo en su mirada

al ver que los maniquíes

se alejan en la ignorancia

sin regalar un saludo

a aquella musa olvidada.

PILUCA DE LA CUESTA