Quieta pero en movimiento,
una vieja aguarda su bajada.
Con la mano desgastada …
se aferra allá donde puede.
Con la otra, dos bolsas y una muleta
la mantienen ocupada.
Huyendo de sus lamentos,
posa sus ojos de niña
sobre dos formas extrañas.
Solo espera una sonrisa,
o decorar su silencio
cruzando cuatro palabras.
Sin embargo, ni se inmutan.
Y una efigie de desprecio
le devuelve la mirada.
La viejita no desiste
y les dice unas palabras.
Cuando sin recibir nada,
los frenos dan su parada.
Y agarrada a la baranda,
con sus deformadas manos
y un esmalte corroído,
baja sin ser ayudada,
mientras los cuerpos ajenos
se esfuerzan para esquivarla.
Una vez puesta en la acera,
haciendo un último intento,
gira sus ojos de niña
y su desnuda sonrisa,
y, con la mano ocupada,
la levanta despidiendo
aquellas formas extrañas.
Una brecha de esperanza
va cediendo en su mirada
al ver que los maniquíes
se alejan en la ignorancia
sin regalar un saludo
a aquella musa olvidada.
PILUCA DE LA CUESTA